Habíamos sido tan felices.
Mientras vuelvo a casa
sentada en el bus
miro por la ventana
y recuerdo el momento exacto
en que besé sus labios
tan lejano ahora y; sin embargo,
pude sentirlo tan real
como aquel instante.
Lluvia que esta noche me acompaña,
mis mejillas también están mojadas
y mi mente vuelve al tiempo
en que ella me sorprendía con un beso,
aquellos segundos
en los que nada más importaba,
instantes en que éramos ella y yo,
tan felices
caminando bajo la luz de la Luna.
Sus abrazos y caricias,
su cuerpo delgado
y hermosamente formado
ella siempre fue más que eso,
me enamoré de su forma de ser,
de sus sueños e ideas
de sus temores y aspiraciones
de la consecuencia de sus actos,
especialmente,
cuando se aceptaba imperfecta,
porque era entonces única y valiente,
tan perfecta proclamándose humana
que era feliz confiando mi vida
al cuidado de sus manos.
Cautivada por el afecto entregado
me sentí tan suya entre sus brazos,
en noches aquellas donde estoy segura
la amé con todo mi corazón
en noches aquellas en que sé
encontró la felicidad a mi lado.
A esta hora deberíamos estar juntas recostadas de lado, mis labios reencontrándose con tu espalda y el aroma de tu cuerpo invitándome a sentir la calidez de tu existir. Dulce sensación en mis manos, un movimiento que modifica su velocidad ante la voz entrecortada, la respiración acelerada, el latir de tu pecho, la vibración del cuerpo. Así deberíamos estar juntas, mientras entre gemidos mi nombre es pronunciado, allí, donde los cuerpos estorban beso tu alma y te proclamas mía, allí, tras una sonrisa cómplice me confieso tuya, en tus labios que eché tanto de menos, en el amor que siento por ti, cuando simplemente somos y nada más importa. A esta hora, en que no hay mayor anhelo que expresarte el sentimiento, me quedo en silencio, mientras envidio a todo aquel que puede descansar al lado del ser querido.
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