No voy a negar de que la extraño
que pasan los días
y deseo saber de ella,
pasan las horas
y anhelo escuchar
su sonrisa,
las ocurrencias de una mujer
que deja aflorar a su niña interior,
momentos maravillosos
que me sabe compartir
y que yo sé escuchar.
Pero no sólo la quiero en sus días buenos,
también en su oscuridad
donde se carga tanto,
esos dias en que me cuenta sus temores,
tan nerviosa y ansiosa,
así es ella,
la flor de su inocencia,
típica de la adolescencia,
da paso a una frialdad
que congela su alma,
allí, en aquella emoción privada,
yo más que nunca besaría su pecho;
el tiempo no perdona,
es de madrugada y nuevamente,
tú no estás aquí.
A esta hora deberíamos estar juntas recostadas de lado, mis labios reencontrándose con tu espalda y el aroma de tu cuerpo invitándome a sentir la calidez de tu existir. Dulce sensación en mis manos, un movimiento que modifica su velocidad ante la voz entrecortada, la respiración acelerada, el latir de tu pecho, la vibración del cuerpo. Así deberíamos estar juntas, mientras entre gemidos mi nombre es pronunciado, allí, donde los cuerpos estorban beso tu alma y te proclamas mía, allí, tras una sonrisa cómplice me confieso tuya, en tus labios que eché tanto de menos, en el amor que siento por ti, cuando simplemente somos y nada más importa. A esta hora, en que no hay mayor anhelo que expresarte el sentimiento, me quedo en silencio, mientras envidio a todo aquel que puede descansar al lado del ser querido.
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